Primer viaje a la capital de la Rioja y del valle del Ebro
LOGROÑO
La primera vez que oí hablar de Logroño la primera pregunta que me vino al espíritu fue: “en donde queda eso”, pero es una ciudad que a pesar de ser relativamente grande es muy acogedora.
Los paisajes son bastante contrastados pues se pasa de colinas desérticas y austeras a una ribera bastante verde, ya que se encuentra en el valle del Ebro. Logroño es la capital de la región vinícola de España, por lo cual es muy conocida por los amantes de los buenos vinos.
En mi primer viaje salí desde Hendaya, en donde cogí un bus que hizo el recorrido hasta Logroño pasando por un sin número de pequeños pueblos que hacen parte de una ruta turística dedicada al vino, en la cual es posible hacer varias paradas para visitar y degustar en las diferentes bodegas.
Este viaje no estaba motivado por el turismo sino por motivos personales, pero fui recibido por un aire de fiesta que abarcaba todo, sin saberlo llegue dos días antes de que comenzaran las fiestas de la San Mateo (21 de septiembre), la semana que comprende este día es feriada, y los Logroñeses solo tienen en la cabeza que van a hacer la fiesta durante 7 días seguidos. Esta fiesta no corresponde a la celebración del santo patrón de la ciudad que es San Bernabé y que se festeja el 11 de junio. La celebración de la San Mateo tiene su origen a los alrededores del siglo XII, y poco a poco se fue añadiendo al festejo de la vendimia que aproximaba.
Lentamente me fui dejando penetrar por ese ambiente festivo, pero todo se prestaba a ello, prácticamente en cada esquina hay una “Peña” (colectivos de amigos o vecinos), que hacen degustar sino gratuitamente, a un precio módico las especialidades de la región acompañadas evidentemente de un vaso de Rioja. La víspera del inicio la fuente que se encuentra en La gran vía se tinta de rojo, representando la cosecha del vino que se aproxima, el sueño de más de un amante de vino, una fuente de miles de litros de buen vino, pero en realidad solo es colorante y afortunadamente pues en esta semana el alcohol fluye a borbotones por todas partes.
En esta semana hay una gran cantidad de actividades populares, la pisada de la uva para obtener el mosto, los desfiles de peñas, de gigantes,
las corridas en la plaza de toros, 
y un festival internacional de juegos pirotécnicos, lo más agradable de estas manifestaciones es que se ven las familias completas disfrutando de la fiesta, de los más jóvenes a los más ancianos, nadie se pierde un minuto de goce.
Pero lo que más me impactó y me encanto fue en el casco antiguo la calle del Laurel, es una pequeña calle peatona de alrededor unos 200 metros de largo, y unos cuatro de ancho, desde mucho antes de llegar a ella se oye un murmullo que va creciendo hasta volverse ensordecedor, cualquiera que no conozca pensaría en un rio cuyo torrente esta desbordándose, y cuando se llega al inicio de la calle no se está tan lejos de la realidad:
es una marejada humana que se vierte en ella, uno se siente aspirado por esa avalancha que entra en ese pequeño callejón, se pierde la noción del tiempo, del espacio, el olfato es invadido por miles de olores, más exquisitos los unos que los otros. Una vez que se está dentro de la calle comienza otra odisea pues la variedad de bares es grande, 
cada cual propone una tapa típica con un vaso de vino, el tamaño de los bares es tan estrecho como la calle misma y para poder acercarse a la barra a hacer el pedido es una batalla de empujones, pero todo se pasa en un ambiente jovial y festivo, todas las generaciones se mezclan, y no es raro ver las familias completas, desde el recién nacido hasta los abuelos dándose un paseo.
A la calle del Laurel hay que llegar con el vientre vacio y la garganta seca, para poder sacarle un máximo de placer al recorrido, yo personalmente no fui capaz de entrar en más de 9 bares a degustar la respectiva tapa y su vaso de vino, y al terminar la calle ya estaba bastante eufórico por no decir (medio borrachito) y con la panza templada.
El resto de la semana hay un sinnúmero de actividades populares, desfiles de bandas de gigantes y todas las noches un festival de fuegos pirotécnicos a las orillas del Ebro.
Finalmente fui agradablemente sorprendido de mi visita a Logroño, todas mis dudas al respecto de la alegría de vivir fueron disipadas y al contrario encontré mil razones más para volver, y no solamente en la época de la San Mateo, pues la gente es extremamente acogedora y servil, además en el casco antiguo siempre hay algo para hacer.